por: Pedro Chavez Murad
El perder a un ser querido es un acontecimiento inevitable para cualquier persona, como inevitable es sentir dolor ante este evento.
Se dice que las pérdidas o los duelos tienen varias etapas naturales que todo doliente experimenta: negación, enojo, negociación, depresión y aceptación. Y aunque se reconoce que no se viven rígidamente en el mismo orden y que la duración de cada etapa a veces es tan rápida que parece que no hubo, vamos a revisarlas para poder comentar sobre la voluntad de aceptación.
La negación es cuándo se recibe la noticia del deceso y como primera reacción natural es resistirse a creer que ha sucedido. El enojo llega como la pregunta de ¿Por qué yo? o ¿Por qué a mí?, ¿Por qué no a los demás? La negociación llega cuándo las personas creyentes entablan una conversación privada con Dios preguntándole las razones y asumiendo parcialmente el hecho. La depresión se manifiesta como un desinterés de contacto con el medio y la energía psíquica se orienta hacia el interior. Finalmente llega la aceptación de la realidad y el reestablecimiento de las relaciones normales.
Estas etapas brevemente mencionadas, como se dijo son etapas naturales de experiencia humana que toda persona vive sin proponérselo. A veces cuándo hay algún pendiente no resuelto con la persona ausente, el duelo se prolonga y se vuelve patológico, esto es, en vez de ser un proceso de superación y sanación, la persona se lastima continuamente con los recuerdos y no logra avanzar en su asimilación de los hechos.
Ahora bien, hay un par de cosas que debemos de considerar:
1. Que somos seres dotados de inteligencia y voluntad.
2. Que por la gracia sacramental somos hijos de Dios.
En este sentido, al sufrir una pérdida podemos optar por las “etapas naturales del duelo” que llegarán solitas a nosotros, o añadirles LA VOLUNTAD DE ACEPTACION.
Examinando más de cerca el dolor, este consiste en que la inteligencia nos indica un hecho real y que a la vez nos negamos a aceptar. Este jaloneo interno nos desgarra por dentro con emociones difíciles de describir. ¿Como irle dando dirección a esta tensión interna que experimentamos? Desde el plano psicológico hacia el trascendental es regalarle a Dios esa vida; sabemos que Dios es dueño y señor de la vida y la muerte, pero el desprendernos voluntariamente de alguien y entregárselo a Dios, facilita, acelera y encauza el proceso del duelo. Desde el plano meramente trascendental, ofrecer a Dios Padre el dolor que experimentamos en expiación de los pecados de nuestro ser querido, pues Nuestro Señor Jesucristo quiso con su pasión y muerte darle un mérito al dolor: el de la expiación. En otras palabras, ese dolor desgarrador que experimentamos ante la pérdida de un ser querido, es a la vez una forma de ayudarlo a llegar más rápidamente a Dios si dicho dolor lo ofrecemos por sus culpas.
Arriba