por: Pedro Chavez Murad
Hoy día, como sabemos ha aumentado la tasa de suicidios en forma progresiva. Cada vez son más las personas que ante las dificultades cotidianas de la vida, prefieren la salida falsa. Antes creíamos que este tipo de problemas se daban solo en lugares lejanos.
Tal parece que durante años lo que hacíamos era suficiente como entidad poblana para mantener a raya muchos problemas, pero ahora estamos produciendo como colectividad humana gente que prefiere morirse a seguir con vida.
¿Por qué nos ha de interesar semejante tema?, porque al estar inmersos en una sociedad, la alimentamos diariamente con nuestra manera de pensar y a la vez la sociedad facilita la realización de ciertos actos, al mismo tiempo nos inhibe para cometer otros más. Así que al haber un ambiente que propicie el suicidio y nos desaliente a luchar cada día, aumentamos las probabilidades de que las personas decidan quitarse la vida y algunas de ellas pueden ser conocidos, amigos, familiares e inclusive nosotros mismos.
Sabemos que dentro del mundo de posibilidades de las personas existen las inclinaciones malas, las cuáles a veces en sueños nos revelan aspectos grotescos de la humanidad y nos despertamos horrorizados. Pero dichas posibilidades solamente merecen nuestra atención y ocupación cuándo el ambiente comienza a hacerles eco y las fortalecen.
Ahora bien, el suicidio es un aspecto grotesco de la humanidad y el ambiente social le esta haciendo eco, muchas familias prefieren la evasión al compromiso y muchas personas suelen estar más tiempo enojadas, deprimidas o preocupadas que optimistas. La resultante es un mayor número de personas que empiezan a jugar con la posibilidad de suicidarse en forma directa o por “descuido involuntario”, hasta que dicha posibilidad se verifica.
¿Cómo o dónde podemos comenzar a hacer algo para revertir el proceso de autodestrucción de las personas?, lo primero es tener lo más claro posible el sentido de nuestra propia vida, la misión personal que tenemos que realizar. La importancia de que entendamos el valor que como seres humanos poseemos y por ende la necesidad de realizar cosas que solo nosotros podremos hacer y que jamás nadie las hará por nosotros es vital.
Quién pretende llenar su vida con cosas materiales, el estrés o la crítica destructiva, deja de ocuparse de su crecimiento personal hasta que llega el momento en que se olvida cuál era su misión de vida (o no la encuentra jamás). Al principio experimenta una falsa libertad, pues no tiene que cumplir nada, pero después siente un horrible vacío existencial del que no sabe como escapar cayendo en un circulo vicioso donde al llenar su vida con lo material, el estrés, la crítica destructiva u otras cosas, se distrae un rato, pero vuelve al poco tiempo a sentir su angustia existencial, hasta que nada de lo que acostumbra hacer lo satisface, y prefiere la muerte. Como podemos entender la misión de vida no se trata de obtener recursos económicos o reconocimientos sociales, sino más bien de logros psicológicos, morales y espirituales que conquistamos, venciendo nuestros malos hábitos e incorporando buenos hábitos a nuestras vidas. Y para ello se requiere determinación y trabajo cotidiano. Esta es la respuesta, crecer cotidianamente de la única forma que vale la pena: amar realmente a la gente que nos rodea buscándoles su bienestar.
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